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Cómo empezó Viviendo en el cuerpo, proyecto personal para compartir reflexiones corporales y mentales. Camino lento de aprendizaje de vida.
Mis pies andando por un parque de Tena, una ciudad de la Amazonía Ecuatoriana.

Mi punto de partida

En el primer artículo del blog de Viviendo en el Cuerpo quería explicar cuál fue el detonante que me motivó a emprender este emocionante viaje de aprender a vivir en el cuerpo, de bajar de la mente al cuerpo, de empezar a prestar más atención a las experiencias, sensaciones, percepciones y emociones que siente nuestro cuerpo, y de no estar tanto en la mente, en el raciocinio, de no escuchar únicamente nuestros pensamientos. El camino está siendo lento y se compone de pequeños pasos que pueden parecer triviales pero que, para mí, cada pequeño paso ha supuesto un descubrimiento relevante y ha impulsado un cambio sustancial en mi vivencia.

Todo empezó a principios de abril de 2017, en unos días de transición entre dos empleos en los que sentí que necesitaba hacer un viaje para desconectar, y pensé en realizar una travesía de unos pocos días andando sola, ya que soy una apasionada del senderismo. La cuestión es que decidí andar un fragmento del Camino de Santiago, más que nada por la facilidad de encontrar sitios donde dormir por el camino. Como me hacía ilusión ir a Fisterra, ya que su nombre siempre me había llamado la atención, escogí el tramo de Santiago de Compostela a Fisterra. No es que el hecho de andar el camino me revelase nada interesante, ya que no soy católica ni creyente ni tenía ninguna intención más allá de andar, pero en ese camino sí que observé algo en mí que me llamó la atención: la primera noche que dormí en Santiago me puse los tapones y el antifaz (sin despertador) y dormí ¡¡¡12 horas!!! Yo, que siempre había pensado que no era capaz de dormir más de 7 horas, ¡dormí 12 horas! Y me desperté con una sensación de lividez, de cuerpo descansado y reparado extremadamente bella. Me sorprendí mucho. ¿Cuánto tiempo hacía que no descansaba tantas horas sin ninguna preocupación ni remordimiento? Ese día empecé el camino a las 11 de la mañana, ignorando felizmente todas las recomendaciones que me habían sugerido lxs conocidxs.

Y así fluyeron esos cuatro días del camino, durmiendo hasta que mi cuerpo despertase y donde las únicas preocupaciones sólo eran dormir, andar y comer. En el camino conocí a un amigo que se pasó 30 días andando solo, y me contó que su distracción en esos días que estuvo solo fue buscar detalles en el entorno; un día eran redondas amarillas, otro día corazones, otro día espirales azules… una redonda amarilla podía ser una manzana, una flor, el sol… En ese momento me pareció curioso, pero no le dí demasiada importancia. Hasta más tarde.

El caso es que cuando volví a «casa» no quería que esa sensación tan mágica de paz mental y corporal que había sentido durante esos cuatro días, sin preocupaciones y mucho descanso, se fuese de dentro de mí. Me obligaba a hacerlo todo tranquilamente, a intentar apreciar el instante presente que estaba viviendo. Pero temía que cuando empezase en el nuevo trabajo todo eso se desvanecería… ¡Y no quería! ¡Era tan bonita la vida así!

El primer día del nuevo trabajo ya empecé con el pie izquierdo, pasé muy mala noche porque tuve pesadillas en las que adversidades climáticas no me dejaban llegar a la nueva oficina. Me levanté reventada, desayuné y salí en busca del tren. Y fue en ese primer camino en busca del tren en el que algo me hizo «clac»: ¿por qué andaba tan deprisa? Me vi reflejada en los cristales de los aparadores andando echada hacia adelante, retando a la gravedad para poder andar más rápido. ¿No quería mantener la magia de esos cuatro días? ¿Qué diferenciaba mi andar de esos días con mi andar de ir a trabajar? Estaba andando igual, ¿no? Y había salido con tiempo de margen para no llegar tarde. Así pues, enderecé mi postura, erguida con la espalda recta, y me dispuse a seguir andando. Se me hizo extraño ya que esa postura me obligaba a andar más lento. ¿Cómo no me había fijado nunca? También me percaté de que andaba con todos los músculos tensos, me sentía como un robot.

Los días que siguieron aprovechaba mi camino matutino hacia la estación de tren para prestar atención a mi andar: intentaba andar derecha, tranquila, con todos los músculos destensados. Y me di cuenta de que cuando mi atención estaba en mi mente enredada con los pensamientos me olvidaba de mi postura corporal y de andar tranquila. En ese momento me acordé del juego del amigo que conocí en el camino y lo apliqué a mis «excursiones» matutinas al tren: andaba lento, como paseando tranquilamente, sintiendo mis músculos relajados y distrayendo a mi mente buscando redondas rojas por el camino. Me sorprendió que cada día encontraba redondas rojas nuevas en el mismo camino. Además incorporé una rutina mientras desayunaba que hacía tiempo que tenía olvidada: leer unas frases que me resonaban mucho, y que al leerlas por la mañana me recordaban las cosas que sentía que eran importantes para mí en ese momento, para estar más presente en el presente y en mi cuerpo. Me gustaba ese momento del día en el que me dedicaba únicamente a mí. Empezaba el día con más optimismo, me daba la sensación que no empezaba el día con mi yo de trabajadora sino con mi yo «yo». El yo de trabajadora empezaba cuando llegaba a la oficina.

Y creo que hasta aquí voy a explicar cómo empezó mi camino de bajar de la mente al cuerpo, aunque en esos entonces yo no sabía que había iniciado este viaje, sólo me di cuenta de que tenía un piloto automático activado del que no era consciente y que sus efectos en mí no me parecían nada beneficiosos. Este es el punto de partida a partir del cuál empecé a añadir rutinas en el día a día que me ayudaban a sentirme más presente, a sentirme más en el cuerpo. Empecé a reflexionar sobre temas muy interesantes como es el tiempo, tan valioso pero a la vez el tan ignorado.

En los próximos artículos seguiré explicando los pasos que he ido andando en esta bella excursión de la vida, además de compartir reflexiones varias que me he ido cuestionando.

¡Un achuchón gigante!

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